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ESTUDIOS SOBRE LA VERA CRUZ DE CARAVACA
AULA DE INVESTIGACIÓN SOBRE LA VERA CRUZ Y LA CIUDAD DE CARAVACA

 

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LA VERA CRUZ DE CARAVACA, PATRIMONIO HISTÓRICO, CULTURAL Y RELIGIOSO DE LOS CARAVAQUEÑOS
Francisco Fernández García 
 (Archivo Muncipal de Caravaca de la Cruz)
 

   La Cruz de Caravaca es un lignum crucis, es decir una reliquia de la Cruz en donde murió Cristo. Tiene forma de cruz bizantina de doble travesaño y su presencia en Caravaca se constata ya a finales del siglo XIII. En su historia encontramos dos partes claramente diferenciadas: la primera abarcaría desde su llegada a Caravaca hasta su desaparición como consecuencia de un robo en 1934 y la segunda desde 1942, fecha en que desde Italia se envía un nuevo lignum crucis, fabricándose para su guarda un relicario a imagen y semejanza del sustraído, hasta la actualidad.

   Sobre sus orígenes existen las más variadas teorías, siendo la mas difundida la narración legendaria que refiere su milagrosa aparición y que ya era conocida a fines de la edad media. Otras más modernas pretenden asignarle una procedencia anterior, situándola en la época visigoda, o atribuyéndosela a las diversas órdenes militares que poseyeron el territorio caravaqueño en la época medieval e, incluso, a determinados personajes influyentes que visitaron o residieron en nuestra ciudad. De todas ellas la más probable es la que sitúa su venida en el periodo en que Caravaca era el centro de una bailía templaria y que fueran estos caballeros los que la hicieran llegar desde oriente hasta Caravaca.

   Desde su advenimiento a Caravaca, la reliquia fue revestida de cualidades milagrosas y protectoras, por lo que se convirtió en el referente espiritual de los habitantes de la zona, recurriendo a ella en toda clase de necesidades y generándose en torno a ella unos cultos especiales que han permanecido a lo largo del tiempo, y que todavía se realizan en la actualidad en sus festividades y celebraciones.

   A diferencia de otros lignum crucis, consistentes en simples fragmentos de madera de mayor o menor tamaño, el de Caravaca tenía forma de cruz con dos brazos cuyas medidas según Robles Corbalán, en su libro publicado en 1615, eran: 17'72 ctms. de largo y 1'70 ctms. de ancho, el brazo superior de una longitud de 6'30 ctms. y el inferior de 9'40 ctms., describiéndola así: “Tiene de largo la Santisima Cruz de diez partes de vna quarta de nuestra vara.....las ocho; los braços largos de abaxo quatro partes y media; y los de arriba tres partes, y de grueso poco mas de media parte; su color es como de canela clara, y la madera muy solida”. Martín de Cuenca, otro célebre historiador caravaqueño que ocupaba el oficio de capellán de la Vera Cruz cuando se produjo el cambio de relicario en 1711, momento en que tuvo ocasión de examinarla con todo detalle, añade que estaba compuesta por 5 trozos y que tenía además pequeñas manchas de sangre: “vimos esta divina Cruz fuera de ambos engastes, y compuesta de cinco pedazos con diversas gotas de sangre en ellos, que uno y otro lo miramos con toda distinción y claridad”. Estas manchas de sangre, supuestamente identificadas con la de Cristo, también fueron observadas y comentadas por el ministro general de la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos Bernardino de Arezzo en la visita que realizó en 1692 a Caravaca y que conocemos gracias a la narración plasmada por Filipo de Firenze.

   A finales del siglo XIX, el historiador local Quintín Bas efectúa una descripción de la Cruz que resulta un tanto desconcertante ya que, si bien coincide básicamente en las medidas dadas por Robles Corbalán (17 ctms. de alto, 6'5 ctms de largo el brazo superior y 9'5 ctms. el inferior), difiere mucho en el resto “El sagrado Madero tiene a la superficie un color castaño; en los puntos desgastados por el contacto de cruces, se ve un color semejante al boj. La figura es idéntica a la del armazón o engaste; brazos y asta son superficies planas, con los airosos remates a los extremos. Consta de ocho piezas, y son dos crucecitas en los centros de asta y brazos: dos piezas forman los extremos del asta, y otras cuatro el remate de los brazos o traversas. Parece que, siendo en su origen este Santo Madero una sola pieza, fue luego dividida en esos ocho fragmentos, para garantir mejor la solidez y regularidad del engaste o chapeado que lo recubre.”.

   En cuanto a la forma, tradicionalmente se ha estimado que el propio lignum crucis tenía la terminación lobulada que aparece en todas las representaciones iconográficas de la reliquia que se realizan a partir del siglo XVI, las más antigua de las cuales las encontramos en el retablo de Hernando de Llanos de 1530 y los grabados incluidos en el libro de Robles Corbalán, sin embargo la impronta dejada en la arqueta donada por el maestre santiaguista Alonso Suárez de Figueroa, que sirvió de relicario durante muchos años, parece indicar que en su origen tenía las terminaciones rectas teniendo un aspecto similar al que aparece representado en la parte superior de esta pieza de orfebrería.

   La Vera Cruz de Caravaca recibió culto inicialmente en una capilla habilitada en una de las torres de la fortaleza, iniciándose en 1617 la construcción de un nuevo templo situado en el mismo lugar que ocupaba el anterior castillo, que fue inaugurado el 3 de mayo de 1703. Solamente en dos ocasiones su culto se ha efectuado en otros lugares, durante las obras mencionadas en que se trasladó a la ermita de Santa María situada también intramuros de la fortaleza y también en la guerra de independencia en que se llevó a la Parroquia de El Salvador.

 Grabado del siglo XVII  Aunque se conservaba, como ya se ha dicho, en el interior del castillo, cuyos propietarios fueron según las épocas las ordenes militares del Temple y Santiago o señores laicos, el concejo era el legítimo patrono de la reliquia y de su capilla y por tanto, el único que podía disponer sobre ella. Para ejercer mejor su control decidió que se custodiara dentro de un sagrario con tres llaves, una que estaría en posesión del alcaide del castillo, otra del vicario y otra del Ayuntamiento. Todo esto hacía que existiese un gran desorden en su conservación por lo que el Ayuntamiento dictó diversos mandamientos que concluirían con la redacción de una ordenanza regulando su exhibición pública que fue confirmada por el rey Felipe II en 1578.

   La más antigua de estas disposiciones concejiles conocida está fechada en 1551 y prohíbe que se muestre la reliquia a quién no tuviese autorización del Ayuntamiento: “Lo primero platicaron sus mercedes sobre que muchas personas forasteras pasando por esta villa procuran conel señor Vicario e que les muestre la santisima Vera Cruz desta villa e se a mostrado a muchas personas que se avia de mostrar e para quitar el ynconviniente que dello viene se ordeno e mando que de aquí adelante no se muestre la santa Vera Cruz a persona alguna sin que primero para ello se junten eneste ayuntamiento los dichos señores vicario e todo el concejo para platicar sobre hello si conviene mostrarse a la persona que lo pidiere e que de otra manera no se pueda mostrar como es dicho”. Tres años más tarde, el 10 de septiembre de 1554, en vista de su escaso cumplimiento se tuvo que repetir el mandamiento advirtiendo que se impondrían multas a los que lo contraviniesen. La nueva ordenanza reducía su exhibición a “sus festividades y ferias de mayo y septiembre o en caso de eminente e repentina tempestad de piedras, raios y otras semejantes”, haciendo una excepción con las personas ilustres que tuviesen la correspondiente autorización del Concejo.

   Ni la referida ordenanza ni los innumerables mandamientos dictados posteriormente consiguieron que se reservase de manera conveniente por lo que en 1637 ordenó la colocación de una llave más en el sagrario que se guardaría en el archivo del Ayuntamiento. Unos años más tarde, en 1644, se reducen los días de exhibición pública de la Vera Cruz únicamente a los viernes. Todas estas disposiciones constatan el interés generado por la reliquia y la cantidad de visitantes que acudían con la intención de verla y rendirle culto.

   El Concejo de Caravaca, como reconocido patrono de la reliquia, siempre defendió sus prerrogativas frente a cualquier intento de injerencia por parte de las autoridades eclesiásticas y civiles, lo que se manifiesta de forma evidente en su declaración de 1618: “Dixeron que esta villa es Patrona dela Santisima Vera Cruz della sin que ningun juez ni prelado de ninguna calidad preheminençia ni dignidad que sea tenga derecho alguno en razon de visita ni de otra cosa”. Para su control y administración creó una mayordomía que a comienzos del siglo XVII se coaligó con la cofradía de la Cruz que ya existía previamente, institución esta última cuyo fin único era “mantener y propagar el culto a la Sagrada Reliquia”, tal y como manifiestan en sus mas antiguos estatutos, en los que también reconocen que el “Ayuntamiento de Caravaca es Patrono del Santuario de la Santísima Cruz, del Castillo y del Templete”.

   El culto a la Cruz de Caravaca se extendió notablemente a partir del siglo XVI por diversas zonas de Europa e Hispanoamérica, generando una serie de publicaciones en las que se narraba su extraordinaria aparición y los milagros que obraba. En 1793 la Sagrada Congregación de Ritos del Vaticano confirmó el culto de latría que se le tributaba y que la equiparaba con el Santísimo Sacramento. En 1848 la reina Isabel II concedió el título de Santuario Célebre al de la Vera Cruz de Caravaca, impidiendo de esa manera que sus bienes y efectos fueran incautados y enajenados por el estado.

   La desaparición de la reliquia en el mencionado robo de 1934 lejos de hacer disminuir la fe dio paso a una época de esplendor iniciada con la llegada de un nuevo lignum crucis y caracterizada por un incremento constante del número de integrantes de la cofradía encargada de su culto, culminando todo ello el 9 de enero de 1998 con la concesión perpetua de la celebración de un año jubilar cada siete y más recientemente con la declaración de basílica menor del templo donde se guarda y venera la patrona de nuestra ciudad.
 
 
 
 
 
 
CARACTERÍSTICAS FÍSICAS DE LA SANTA VERA CRUZ DE CARAVACA
J. A. Martínez-Cortés Martínez
 

Características generales: tamaño, forma y color.

   La Cruz de Caravaca, como todo el mundo sabe, es un Lignum Crucis, es decir, un leño cruciforme de doble traversa perteneciente al madero en que según la tradición cristiana fue crucificado Jesucristo. Un Lignum Crucis, como decíamos, que tradicionalmente ha sido embutido en engastes y relicarios para, primero, preservarlo del deterioro ocasionado por el uso continuo y prolongado a que se ha visto sujeto y, después, para su mayor honra y lucimiento. Hasta tal punto ha llegado la asociación entre el madero y su relicario que a algunas personas, hoy día, les resulta imposible diferenciar entre continente y contenido. Todo el mundo conoce el relicario, al menos el actual, pero, ¿y el Lignum Crucis?

   El tamaño es conocido, principalmente por las descripciones que los antiguos historiadores caravaqueños nos han legado. Veamos que nos dicen: 

   "Tiene de largo la Santissima Cruz de diez partes de vna quarta de nuestra vara vsual las ocho; los braços largos de abaxo quatro partes y media: y los de arriba tres partes, y de gruesso poco mas de media parte." (Robles Corbalán, 1615). La equivalencia, según Gregorio Sánchez Romero, sería 16,72 cm de largo; 6,27 cm la traversa superior; 9,40 la inferior y alrededor de 1,75 cm. de anchura (Sánchez Romero, 2001).

   Sigue un prolongado silencio documental hasta el pequeño opúsculo publicado por el profesor Quintín Bas, como respuesta a las conocidas críticas de la Real Academia de la Historia con motivo de la publicación de su primer trabajo sobre la historia de la Vera Cruz. Según Bas, las medidas aproximadas del madero eran las siguientes: 17 centímetros de altura; 9,5 centímetros el travesaño mayor y 6,5 el menor (Bas y Martínez, 1887). Medidas que no difieren en exceso de las ofrecidas por Corbalán. 

  
En lo referente al color, Corbalán dice lo que sigue: “es como de canela clara…”; mientras que Bas, en su obra arriba reseñada, señala que “el sagrado Madero tiene á la superficie un color castaño; en los puntos desgastados por el contacto de cruces, se vé un color semejante al boj”. De todos modos, la apreciación del color no deja de ser algo subjetivo, aunque, sin duda, nos sirve como aproximación.

   Resulta, no obstante, más complicado precisar con entera exactitud si la Vera Cruz tenía los característicos remates lobulados reflejados en las representaciones iconográficas que se conservan a partir del primer tercio del siglo XVI. Según ha demostrado Diego Marín, mediante el estudio de la impronta dejada por la pieza donde se encajaba la Cruz en la arqueta de plata donada por el maestre Lorenzo Suárez de Figueroa, esas “pirámides truncadas y ensanches de formas semicirculares” no estaban presentes en el Lignum Crucis, teniendo, por tanto, unas terminaciones rectilíneas que concuerdan precisamente con la representación más antigua conservada de la Reliquia, la cual curiosamente se conserva en la arqueta de plata mencionada. (Marín Ruiz de Assín, 2004). Estas terminaciones, añade Diego Marín, podrían ser propias del primer engaste que tuvo la Vera Cruz, como veremos más detenidamente. 

   Robles Corbalán parece insinuar con vagas palabras, cuando justifica la manufactura angelical de la Cruz aducida por Bleda, que estas curiosas terminaciones están presentes en la Vera Cruz. 

   Pero es probable que el propio Corbalán no viera jamás las terminaciones reales de la Cruz, pues estas se encontraban recubiertas, como veremos, por un engaste de Oro, aunque, al parecer, las representaciones iconográficas que aparecen en la obra del citado capellán, según manifiesta el propio autor, son fieles representaciones de la Reliquia. En las dos que contiene la obra podemos observar el madero o Lignum Crucis y una fina capa, en blanco, que tal vez pudiera representar el engaste de oro que guarnecía la Vera Cruz. En estas dos representaciones se observa el madero con las características, y tan mencionadas, terminaciones lobuladas.

   Otro elemento de controversia: “…la figura idéntica á la del armazón ó engaste; brazos y asta son superficies planas, con los airosos remates á los extremos". Esto es lo que nos dice Quintín Bas en 1887. En cualquier caso, mi particular opinión, que dudo pueda interesar a nadie, es que la Cruz no tenía esos airosas remates a los extremos. 

   A pesar de estos pequeños datos esbozados, siguen siendo mucho los aspectos que desconocemos de la Cruz, verbigracia, el tipo de madera que la compone (Chacón, por supuesto sin fundamento alguno, dice que la Cruz de Cristo podría ser de roble o encina): la manufactura (¿estaba hecha de una sola pieza o de varias?); la forma, etc.



Estado de conservación.

   La primera referencia relativa al tema que nos ocupa la encontramos en 1526, con motivo de la visita practicada a la Encomienda de Caravaca por Francisco Maldonado y Pedro González, visitadores nombrados a tal efecto por la Orden de Santiago. Se trata de un testimonio parco, como todos los posteriores, en que se limitan a dejar constancia del estado de deterioro que presentaba la sagrada Reliquia: "Esta en partes quebrada de la antigüedad e atada con vnas cuerdas de seda" (Marín Ruiz de Assín, 2004 y 2007). De este testimonio podemos deducir dos cosas, la primera y más obvia que la Santa Cruz estaba partida en dos o más trozos; la segunda, como veremos, que no estaba engastada ni tenía ningún tipo de relicario que atajara la constante degradación. (Difícilmente podía estar engastada si para mantener unida la zona segregada se hacía preciso la utilización de unas cuerdas de seda). 

   Este estado de deterioro, agravado por la utilización sistemática en ceremonias y rituales, debió ir a peor en los años siguientes, motivando, tal vez, nuevas fracturas en el árbol. Las partes más frágiles debían ser las extremidades, por tanto, como veremos a continuación, se tomarían medidas excepcionales, que podemos intuir, para asegurar y garantizar la unión de las que aún permanecían sujetas o fijadas al tronco. Así, en 1536, los visitadores de la orden nos dicen que la Cruz ya estaba "...engastada en oro, que la cubre toda por las espaldas, e descubre por la faz de fuera el palo ...", al tiempo que inciden de nuevo en el deterioro que presentaba la Reliquia: "..esta quebrado el palo por muchas partes por la antigüedad del tiempo." (Marín Ruiz de Assín, 2004 y 2007). 

   Queda, por tanto, bastante claro que el primer engaste fue realizado entre 1526 y 1536. Tal vez antes de 1530, fecha en que, al parecer, Hernando de los LLanos hizo las tablas de su famoso retablo, en que se aprecian los característicos remates lobulados presentes en todas la representaciones iconográficas posteriores de la Vera Cruz (Fernández García, 2006). (Decimos antes de 1530 porque, conviniendo con Diego Marín, como queda dicho, pensamos que las terminaciones lobuladas sólo estaban presentes en el engaste y no en el madero). Su función, a nuestro parecer, no era otra que frenar el paulatino estado de deterioro que presentaba el Lignum Crucis, en ningún caso tuvo una finalidad ornamental, aunque finalmente se consiguiera también ese efecto.

   Aunque este testimonio es confuso y no queda claro qué partes del leño recubría el engaste de oro, parece desprenderse que, a modo de funda abierta, se extendía por el lomo o zonas laterales, por una porción mínima del anverso y por todo el reverso. Sin embargo, la visita de 1549 contradice la referencia anterior: "...esta engastonada [La Vera Cruz] en oro que la cubre por las esquinas e descubre por la hazes de fuera el palo...", de lo cual, se deduce que las dos caras ("hazes") de la Reliquia estaban al descubierto (exceptuando unas porciones mínimas que servirían para el ajustado y agarre de la chapa de oro), quedando tan sólo recubiertos los laterales, a modo de cerco o marco. En mi opinión, la representación iconográfica que contiene la ejecutoria de hidalguía de los Girón es una fiel representación de la Cruz con su primitivo engaste. 

   En lo referente al estado de conservación, no difiere en nada a lo aportado en 1536: "...y esta quebrado el palo por muchas partes por la antigüedad del tienpo". Desconocemos, por tanto, si el engaste frenó o palió el progresivo deterioro de la Vera Cruz, aunque referencias posteriores reflejan los daños y desperfectos que se producían del mal uso de la Reliquia, especialmente en las exhibiciones públicas. (Fernández García, 2006). 

   Este engaste permanecería inalterado hasta los años 1611 y 1612, en que el Concejo, como único patrono de la Reliquia, movido por la experiencia y por un afán de preservación de la Santa Cruz, ordenó que se recubriera con unas vidrieras y una reja de oro. No sabemos si las vidrieras se colocaron tan solo en el anverso de la Cruz, o si por el contrario se colocaron en ambas caras. En todo caso, depende de una cuestión que hemos planteado con anterioridad: ¿el primitivo engaste recubría el reverso de la Cruz? Es probable. Si así fuera, los viriles se colocarían en el anverso y sobre ellos se colocaría una reja de oro fijada mediante varios clavos al primitivo engaste. Si no fuera así, tal y como afirma Francisco Fernández, en el anverso se colocarían los viriles y en el reverso la reja de oro. (Fernández García, 2005 y 2006).

  
No encontramos nuevas referencias del estado de conservación de la Santa Vera Cruz hasta el traslado al nuevo relicario donado por el Duque de Montalto en 1711. Y es aquí, como veremos, donde surge, por partida doble, la controversia sobre la integridad del madero. 

   Cuando los comisionados de la villa, junto con Martín de Cuenca Fernández Piñero, capellán de la Vera Cruz, y el platero Pedro de Iturri, desclavaron un brazo de la Santa Cruz, para proceder a su examen con objeto de trasladarla al nuevo relicario donado por duque de Montalto, “…se uio dicho barzo desunido y separado del árbol del Santo Madero (que pareze ser dicha separazion antigua) de cuyo echo cayo de dicha Santissima Cruz en los corporales y papel sobre que esta una particula pequeña y auiendo mirado y reconozido con grande atención y venerazion la Madera del brazo separado se halla estar conserbada y atendiendo al árbol y parte de brazo que arrima a el del diuidido se reconoce estar mobible aquella parte…” (Pozo Martinez, Fernández García, Marín Ruiz de assín, 2000).

   Para evitar un mayor deterioro cejaron en su empeño de examinar la Vera Cruz, pero el concejo, tal vez temeroso de desairar al duque y con interés de retener tan generosa dádiva, persistió en su empeño de trasladar la Cruz al nuevo relicario. Para ello se requirió la presencia de un nuevo platero, al parecer, el más experimentado en su oficio, o tal vez el más servil al cabildo. Sea como fuere, una vez sacada la Cruz vieron que estaba “entera en el todo y sin cosa alguna, mui coneruada y yncorructa”. Lo que no deja de ser sorprendente, cuando tan solo dos días antes, sin llegar a examinar la Cruz entera, se dieron cuenta que, al menos, un brazo estaba desunido del tronco, y cuando sabemos documentalmente que la Cruz se encontraba fragmentada, como mínimo, desde el siglo XVI. Debemos matizar una cosa: es posible que el escribano se refiera tan solo a que, incluso desunida, se encontraban todas las piezas. 

   Pero no deja de ser más extraño que el propio Martín de Cuenca, que se encontraba presente en las dos aperturas del relicario, manifestara apenas diez años después que, viendo la Cruz fuera de su engaste, se componía de cinco trozos: “y vimos esta divina Cruz fuera de ambos engastes, y compuesta de cinco pedazos con diversas gotas de sangre en ellos, que vno, y otro lo miramos con toda distinción, y claridad...” (Martín de Cuenca, 1722). 

   Casi nada más hasta finales del siglo XIX, en que Quintín Bas, en un relato que raya lo esperpéntico cuando manifiesta que la Cruz fue dividida para asegurar el engaste, nos dice que la Cruz estaba dividida en ocho fragmentos. El deterioro de la Cruz había ido en aumento: “consta de ocho piezas, y son: dos crucecitas en los centros de asta y brazos: dos piezas forman los extremos del asta, y otras cuatro el remate de los brazos ó traversas. Parece que, siendo en su origen este Santo Madero una sola pieza, fué luego dividida en esos ocho fragmentos, para garantizar mejor la solidez y regularidad del engaste ó chapeado que lo recubre. El platero dice que ha tenido que efectuar esos cortes con igual fin en otras que ha construido; V. gr., la que este pueblo regaló á doña Isabel II.”

  
Bibliografía citada en el texto:


- BAS Y MARTÍNEZ, Q.: La santissima cruz de Caravaca: su aparición, santuarios, cultos, monumentos, etc., Játiva, 1887.

- BLEDA, J.:. Quatrocientos milagros y muchas alabanças de la Santa Crvz: con unos tratados de las cosas mas notables desta diuina señal, Compuesto por P. F. Iayme Bleda, de la Orden de Predicadores, natural de Algemesi, Valencia, en casa de Pedro Patricio Mey, 1600.

- CUENCA FERNÁNDEZ PIÑERO, M.: Historia Sagrada de el compendio de las ocho maravillas de el Mundo: del Non Plus Ultra de la Admiración y de el Pasmo: De el emporio, donde se hallan los portentos más singulares: De un Lignum Crucis, que se compone de Quatro Brazos: De la Quinta essencia, y más principales partes del sacrosanto madero, y dulce leño, en que murio el Rey de los cielos, y de la tierra, y el segundo Adan Nuestro Redemptor Jesuchristo: De la Santíssimama. Cruz de Caravaca. Por la Viuda de Juan García Infançon., Madrid, 1722, 407 p. (existe otra edición del año 1891 en la imprenta de G. de Haro, Caravaca.)

- FERNÁNDEZ GARCÍA, F.: Fiestas y celebraciones de la Vera Cruz de Caravaca. Historia, anécdotas y curiosidades desde la Edad Media hasta principios del siglo XX, Caravaca, 2006.

- MARÍN DE ESPINOSA, A.: Memorias para la historia de la ciudad de Caravaca (y el aparecimiento de la Stma. Cruz) desde los tiempos más remotos hasta nuestros días e ilustrada con notas históricas, imprenta de D. Bartolomé de Haro y Solís, Caravaca 1856. 348 p. (reeditada por Ediciones El Albir, Barcelona, 1975).

- MARÍN RUÍZ DE ASSÍN, D.:
Una estauroteca bizantina en el Reino de Murcia en la Edad Media, Murgetana, Murcia, 2004

- MARÍN RUÍZ DE ASSÍN, D.: Visitas y descripciones de Caravaca (1626-1804) . Real Academia Alfonso X el Sabio, Murcia, 2007.

- POZO MARTÍNEZ, I., FERNÁNDEZ GARCÍA, F., MARÍN RUIZ DE ASSÍN, D.: La Santa Vera Cruz de Caravaca. Textos y documentos para su historia (1285--1918) . Caravaca, 2000.

- POZO MARTÍNEZ, I., FERNÁNDEZ GARCÍA, F., MARÍN RUIZ DE ASSÍN, D., SÁNCHEZ ROMERO, G.: La Santa Vera Cruz de Caravaca. Textos y documentos para su historia, Vol. II. Caravaca, 2003

- ROBLES CORBALÁN, J. de.: Historia del Mysterioso Aparecimiento de la Santíssima Cruz de Carabaca e innumerables milagros q.Dios N.S. ha obrado y obra por su deuoción, Viuda de Alonso Martínez, Madrid, 1615 , 129 fl.
(Ver otra edición del año 1619)
.
- SÁNCHEZ ROMERO, G.: Ensayo histórico sobre el acontecimiento religioso de la Vera Cruz de Caravaca y su santuario, Murgetana, Nº 104, Murcia, 2001.
 
 
 
 

 
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