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Nuevos datos sobre la reedificación de la iglesia de Nuestra Señora de la Soledad de J.A. Martínez-Cortés Martínez
Nuevos datos sobre la reedificación de la iglesia de Nuestra Señora de la Soledad
 J.A. Martínez-Cortés Martínez
 

   Sabemos por las visitas de la Orden de Santiago publicadas por Diego Marín Ruiz de Assín que a finales del siglo XV la iglesia de San Salvador, parroquial de la villa, ubicada en un lugar alto en el interior del recinto amurallado, más o Actual Ilglesia de la Soledad (fotografía de F. Brotóns Yagüe)menos en el solar que en la actualidad ocupa Nuestra Señora de la Soledad, era una iglesia vieja y pequeña de dos naves sobre arcos de cal y canto con cubiertas de madera de pino. El crecimiento demográfico de la villa experimentado tras la desaparición de la frontera granadina propició que esta iglesia quedara pequeña para albergar a todos los nuevos pobladores de la misma, por lo que tanto el Concejo como la Orden de Santiago plantearon diversos proyectos de ampliación y reforma que por una u otra circunstancia fracasaron o no se llevaron a efecto. Naturalmente, hubo algunas excepciones: en 1494 los visitadores de la orden, con el pretexto de reparar y consolidar dos estribos de la iglesia que se encontraban en mal estado, mandaron que se tomara  la casa de la aduana ubicada junto a la iglesia. Estas obras se ejecutaron en los primeros años del siglo XVI y  supusieron la incorporación de una nueva nave de tres capillas abovedadas.

   Sin embargo, parece que esta ampliación no fue suficiente o no satisfizo enteramente a los visitadores de la referida orden, pues en 1526 mandaron ensanchar de nuevo la antigua iglesia porque  era “obra antigua e vieja e pequeña”. No se pudo llevar a efecto por andar el dinero en manos de los mayordomos, por lo que diez años más tarde los referidos visitadores ordenaron erigir una nueva iglesia extramuros de la villa, en el mismo lugar que ocupaban unas casas y un viejo hospital.

   A partir de este momento, la vieja iglesia de San Salvador quedará sumida en un lamentable estado de abandono,  no tanto porque se desechara definitivamente la idea de ampliación y reforma de la misma, sino porque todas las posesiones y rentas que le eran propias se destinarán inexorablemente a la financiación de la nueva y ambiciosa iglesia mayor. Despojada de todos los recursos necesarios para los rutinarios trabajos de mantenimiento, la otrora iglesia parroquial de la villa experimentará en adelante un progresivo deterioro que se pondrá de manifiesto ya en el año 1566, cuando, según Griñán Montealegre, los vecinos de la misma depusieron que se encontraba en “mal estado y mal trazada”. Diez años más tarde, según apunta Indalecio Pozo, estaba en peligro de caerse y en 1611 el Concejo, cumpliendo el mandato de losAnverso y reverso de un Excelente de Granada de los Reyes Católicos o Ducado (ceca de Segovia) visitadores de la orden, libró 20 ducados de los propios de la parroquial a requisitoria del licenciado Ginés Caparrós, teniente de vicario, para efectuar algunos reparos en la rebautizada  iglesia de Nuestra Señora de la Soledad. Y así, utilizada puntualmente como cárcel eclesiástica de la vicaria del obispado de Cartagena,  permanecería hasta que finalmente pasó en fecha hasta el momento indeterminada a propiedad de los Muñoz de Otálora, familia principalísima que desde el último tercio del siglo XVI gozaba en su conjunto, a pesar de las diversas prohibiciones reales al respecto, de no pequeña parte de las regidurías perpetuas de la villa. 

   Desconocemos cuando comenzaron las obras de reedificación de La Soledad, aunque convenimos con Indalecio Pozo que éstas no debieron iniciarse antes de 1637, año en que murió D. Pedro Muñoz Briceño, poseedor de uno de los mayorazgos y mitad de otro de los tres que fundara en septiembre de 1559 para tres de sus hijos varones Pedro Muñoz el viejo, patriarca del linaje Muñoz. Tras la muerte de Briceño sin descendencia, sus bienes libres y vinculados pasaron a cabeza de su primo hermano, D. Pedro Muñoz de Otálora, con una pesada y disparatada carga, como señala Indalecio Pozo, de más de 110.000 misas por su alma; desmedida obligación que D. Pedro Muñoz de Otálora consiguió permutar en la Santa Sede por la fundación de una obra pía en la que de alguna manera se incluyó el proyecto de reedificación de la iglesia de Nuestra Señora. 

   Según refleja el testamento del dicho D. Pedro Muñoz de Otálora, primer patrono y fundador de la iglesia, la cual financió íntegramente, la obra fue concertada hasta los arcos con Juan Garzón Soriano, maestro de cantería que posteriormente trabajaría en la portada de la iglesia de El Salvador, en precio de 44.088 reales de los que parece que a la altura de 1654, debido a problemas de ejecución que desconocemos, solo había recibido algo más de 9.000 en “materiales y otras cosas”.  Asimismo, “…el dicho don Pedro Muñoz de Otalora auia dejado en poder del hermano Juan Dozon, religioso y procurador del collegio de la Compañía de Jesus desta villa, doce mill seteçientos y sessenta y quatro reales de a ocho para que con ellos se prosiguiera y acauasse la hermita de Nuestra Señora de la Soledad desta villa, se hicieren ornamentos y otras preuenciones que refiere, y acauada en toda perfecion lo que quedare se echasse en renta y con su procedido se hiciessen los gastos de cera y otros para la procession del entierro de Cristo, nuestro redentor, el viernes santo de cada un año, siendo de su familia los hermanos maiores o cassados con ella y no lo siendo la renta se distribuyesse en dar limosna a pobre por mano del possedor del mayorazgo de los muñoces…”

   Tras la muerte de D. Pedro Muñoz de Otálora, sus yernos, D. Juan Bautista Muñoz Sáenz de Navarrete, esposo de Dª. Juana Clara Muñoz de Otálora, y D. Diego de Uribe y Yarza, esposo de Dª. Catalina Muñoz de Otálora, además de apartar de la obra al Licenciado Baladejo, alcaide del castillo, que hasta ese momento se había ocupado de gestionar todo lo referente a la misma, no tardaron en requerir a Juan Dozón los dineros que habían quedado en su depósito, recibiendo el 2 de febrero de 1655 por iguales partes 8.252 reales de plata. 

   El 26 de noviembre de 1656 el Licenciado Baladejo haciendo uso por última vez de los poderes que le otorgara el difunto patrono de la iglesia, ajustó la obra de las cubiertas de madera de la misma con los carpinteros Sebastián de Zafra, vecino de la villa de Cehegín, Alonso Torrecilla y Juan Giménez, ambos vecinos de la villa de Caravaca. Los referidos carpinteros se obligaron, entre otras cosas, a reconocer las tres bóvedas que ya estaban hechas y cambiar las maderas que no estuvieren seguras, comprometiéndose a tener acabadas con toda perfección las otras seis, con media naranja y lumbrera en la central, para finales de enero de 1657. Cobraron por su trabajo 2.800 reales que pagó Juan Dozón de los dineros que aún quedaban en su depósito. Tiempo atrás, el arriero Diego de Robles de Mula, vecino de Caravaca, se había obligado a subir a la iglesia para el mes de marzo de 1655 dieciséis carretas de madera “de la questa cortada para la fabrica de la dicha hermita en los términos desta villa.”, suponemos que para los telares y cubiertas de la misma. En todo caso, el encargado de subir desde la Puerta de Santa Ana a la iglesia las maderas para los telares sería el campanero Antón del Villar.

   El carpintero Sebastián de la Iglesia, que al igual que Garzón también trabajó en las obras de El Salvador, además de fabricar el molde para las cornisas y los mamperlanes de las gradas de la puerta mayor, sería el encargado de ejecutar las obras del coro, incluidos los pilares, mientas que los complementarios trabajos de albañilería quedarían por cuenta de Martín de Robles.

   El 12 de enero de 1657 el dicho Martín de Robles se obligó, entre otras cosas, a solar de yeso la iglesia, a cubrirla de teja y a trazar las seis bóvedas que aún estaban pendientes de construcción conforme a la montea que estaba en poder del escribano Antonio Salmerón. La obligación prevenía, asimismo, la construcción de una media naranja en la bóveda central de la iglesia, la cual jamás llegó a fabricarse porque “despues parecio no conuenir”, quedando finalmente el montante de la obra en 15.500 reales.

   Sabemos por el testamento otorgado por el dicho Martín de Robles que a finales de febrero de 1659 la fabrica de la iglesia aún estaba a su cargo y que en la ejecución de la misma le estaban ayudando el albañil Juan López y el yesero Fernando Marín, a los cuales tenía entregadas ciertas partidas de dinero en concepto salarial.  Martín de Robles moriría en los meses siguientes sin haber finalizado las obras de Nuestra Señora.

   Poco tiempo después, concretamente el día 26 de octubre de 1660,  D. Diego de Uribe y Yarza, teniente de alférez mayor de la villa, por si y en nombre del Licenciado D. Juan Bautista Muñoz Sáenz de Navarrete, caballero de la Orden de Santiago y oidor de la Real Chancillería de Valladolid, concertó con el alarife Ambrosio López, vecino de la villa de Moratalla, la obra de la sacristía de la iglesia de Nuestra Señora de la Soledad.

   La carta de obligación, entre otras cosas, especificaba que el dicho maestro de obras debía construir dos cuartos, “el uno de dicha sacristia con reboltines de yesso y otro encima del” con su cocina y chimenea, quedando como único acceso al cuarto alto una “escalera por fuera”, sin comunicación ni correspondencia con la iglesia. Las paredes, de cal y canto y enlucidas de yeso por la faz interior, al igual que las de la iglesia, habrían de “…començar desde el estriuo questa junto a la puerta menor de la dicha iglesia y a de acauar en la pared de las cassas de frente del testero de arriba y an de tener de gruesso tres quartas de ancho”. Por la citada escritura, el dicho Ambrosio López se obligó, asimismo, a realizar de ripia y teja la cubierta de la mencionada sacristía y a levantar un campanario de yeso “encima del estriuo de la puerta menor de la yglesia”.

   Si atendemos a la letra de la referida obligación, la obra debió concluir o quedar prácticamente finalizada en la primavera del siguiente año, si bien Tomás Álvarez, fiador del citado albañil, no otorgaría carta de pago y finiquito hasta el 4 de enero de 1663 ante el escribano Juan Rodríguez Espinosa. El señor de la villa de San Mamés, D. Diego de Uribe, pagaría por las citadas obras de la sacristía y campanario, a cuenta de los dineros que dejó para tal efecto su difunto suegro, D. Pedro Muñoz de Otálora, un total de 4.400 reales; cantidad que incluía, entre otras cosas menudas, los gastos ocasionados en la colocación de la campana vieja en la nueva espadaña.

   No debieron quedar, sin embargo, muy satisfechos los patronos de la iglesia con los trabajos realizados por Ambrosio López, como se deduce del hecho de que fuera necesario construir de piedra labrada un nuevo campanario que supliera al primero fabricado de yeso y realizar algunos reparos de urgencia en el tejado del flamante edificio. Con el fin de salvaguardar la integridad de la sacristía, los dichos patronos decidieron finalmente mudar la corriente del tejado, encargando, en este sentido, la nueva obra al maestro de albañilería Pedro Muñoz, vecino de la villa de Cehegín, el cual durante el dicho año de 1665 ejecutaría “toda la manifactura del tejado de la sacristía de la iglesia de nuestra señora de la Soledad, leuantando las tapias y voluiendo la corriente al ylo del tejado de la iglessia, respecto de que, estando atrauesadas las canales, se llouia todo el quarto y sacristia con gran daño y perjuicio”. 

   Aprovechando estas obras en la sacristía, los herederos del difunto patrono de la iglesia decidieron levantar un nuevo campanario por parecerles “sería más perpetuo hacerlo de piedra labrada”.  La ejecución de la nueva obra se encargó, en esta ocasión, a Francisco García Hidalgo González de Quintana, maestro de cantería y vecino de la villa de Caravaca, que en esos momentos se encontraba realizando otros trabajos de mayor consideración y envergadura en la iglesia. Cobró, el citado maestro, 1.006 reales y 3 cuartillos“… por auer echo el campanario de la iglesia de Nuestra Señora de la Soledad desta uilla de ladrillo y cal con frontispicio cerrado con sus cornisas y pirámides de piedra…”, según consta en la carta de pago otorgada por el susodicho el 19 de febrero del citado año. Según José Antonio Melgares Guerrero, el campanario fue finalmente demolido en 1966 debido al ruinoso estado que presentaba.

   Mientras tanto, la iglesia, a falta de puertas (las viejas fueron vendidas por 160 reales al regidor D. Cristóbal López Muñoz), ventanas, rejas y otros elementos accesorios, estaba prácticamente finalizada a la altura de 1660, si bien es cierto que aún quedaban por construir algunos elementos externos que, como la sacristía, el antepecho, la placeta y las gradas de la puerta mayor, dotarían a este espacio, a pesar de su discreto mérito artístico, de una singular belleza y personalidad. Estas últimas, concertadas en un primer momento con el albañil Martín de Robles, fueron finalmente construidas por el maestro Hidalgo de Quintana. Se trataba, en principio, de una monumental e imponente escalera de piedra jaspe colorado, con su pasamano de piedra franca, mamperlanes y umbral de jaspe, que facilitaría más o menos a la altura de la puerta mayor el acceso desde la calle a la placeta de la iglesia.

   Hace algunos años, con motivo de la excavación arqueológica de urgencia realizada en el entorno de la actual iglesia de Nuestra Señora de la Soledad por Francisco Brotóns Yagüe, a quien agradecemos la amabilidad que nos dispensó y sus periciales puntos de vistas, se localizaron y documentaron dos escaleras de piedra caliza, una de las cuales fue identificada con las gradas de la antiguaDetalle de las excavaciones arqueológicas a que se refiere el texto (fotografía de F. Brotóns Yagüe) iglesia de San Salvador.  Es cierto que no disponemos de suficientes elementos de juicio para asegurar categóricamente que una de estas escaleras, concretamente la más cercana al contrafuerte cilíndrico meridional del edificio, se corresponda con la de la puerta principal de la Soledad, no obstante, el hecho de que durante la citada excavación no apareciera ni rastro de ninguna otra escalera que pudiera ser identificada con ésta, unido a que, casi con toda seguridad, la bóveda que originó la intervención fue construida mucho tiempo después, concretamente a partir de las obras del almudí y edificios anexos, por cuanto por ese mismo espacio subía, como veremos a continuación, un callejón desde la plaza a la iglesia, nos lleva a preguntarnos con insistencia si las gradas que aparecieron en el transcurso de la citada excavación no podrían ser aquellas que construyera para las puertas principales de Nuestra Señora de la Soledad el maestro de cantería Francisco García. Sólo un pequeño gran problema: los materiales de una y otra parecen no coincidir, lo cual, desde luego, tampoco es óbice para descartar completamente esta hipótesis que planteamos, más aún cuando existen, como veremos,  ciertos indicios que parecen sugerir que la escalera no se construyó finalmente de jaspe colorado.

   Sea como fuere, lo cierto es que el 13 de noviembre de 1660 Francisco García Hidalgo González de Quintana se obligó a entregar a D. Diego de Uribe y Yarza “ochenta varas, mas o menos las que fueren necesarias, de piedra jaspe colorado de la pedrera de Cañada Lengua y oradada cubica sacada della y labrada (…) para la escalera de la puerta principal de la iglesia de nuestra señora de la Soledad desta villa, gradas y pretiles della…” al precio de 24 reales cada una, quedando por cuenta de Francisco García los gastos ocasionados en la extracción y labrado de la piedra y por cuenta de D. Diego los motivados del acarreo de la misma desde la cantera hasta los pies de la iglesia.

   Los trabajos en la escalera, junto con la construcción del antepecho y de la placeta, originaron una pequeña transformación urbanística en el entorno próximo a la Soledad, cuando por la imperiosa necesidad de desembarazar los accesos a la misma para facilitar la subida de obreros y materiales al pie de obra se arreglaron y aderezaron “los caminos y carriles para el acarreto de la piedra”. En este sentido, el maestro cantero encargado de la fábrica sería también el responsable de abrir un nuevo callejón que, atravesando la antigua cerca medieval, subía desde la plaza, junto al pósito, hasta la iglesia de Nuestra Señora. Este nuevo camino, construido entre la denominada torre del reloj, las casas del ayuntamiento y el pósito de la villa, aprovechando el mismo solar que ocuparon las carnicerías viejas hasta 1645, momento en que se hundieron, aún permanecía abierto y en uso en 1769, fecha en que localizamos ciertas casas ubicadas “frente al callejón que de la plaza sube a la hermita de Nuestra Señora de la Soledad, linde con falda del castillo de la Santísima Cruz y el orno que posehe por vinculado D. Juan Quebedo.” Según Francisco Fernández García, el callejón desapareció, como queda dicho, con la construcción de los edificios anexos al almudí a principios del siglo XIX.

   Los trabajos de extracción y labrado de la piedra debieron seguir un ritmo pausado, de tal modo que el 13 de agosto de 1661, cuando teóricamente debía estar concluida toda la obra, se hizo nuevo concierto entre el maestro de cantería y D. Diego de Uribe, quedando definitivamente cada vara de jaspe al precio de 28 reales. Tareas de Francisco García serían la extracción, labrado y asiento de la piedra, mientras que D. Diego de Uribe, teniente de alférez mayor de la villa, correría con los gastos derivados del transporte de la misma desde la cantera a la iglesia.  Aunque, como vimos, la primera obligación del maestro de cantería especifica con toda claridad que la escalera de la puerta mayor debía construirse de jaspe colorado extraído de la pedrera de Cañada Lengua, lo cierto es que nos consta documentalmente que toda la piedra utilizada para la fábrica de la misma provino finalmente del cercano paraje del Caravacón. Desconocemos las circunstancias que motivaron este cambio de parecer, pero las cartas de pago otorgadas a finales de 1665 por los arrieros Francisco Pedro y Agustín de Robles, así como otros documentos posteriores, no dejan lugar a dudas sobre la procedencia del jaspe: “mill ciento y diez y ocho reales que se pagaron a (…) por el acarreto de ciento y ochenta carretadas de piedra que trageron para la dicha obra asta fin de diciembre de sessenta y cinco, las ciento y diez de jaspe del carauacon a cinco reales el cargo para las gradas, lossados y batientes del agua…” Tampoco sabemos a ciencia cierta qué variedad de piedra se utilizó en la fábrica de las gradas, pero difícilmente pudieron construirse de jaspe colorado si tenemos presente que en el Caravacón parece que no se encuentra la citada especie.  Es probable que la escalera despareciera en los primeros años del siglo XIX con las obras de ensanche de la cuesta del castillo, cuando, según Brotóns Yagüe, se retranqueó el antepecho de la iglesia.

   En lo referente a la construcción del referido antepecho y placeta de la iglesia, consta que antes del 4 de octubre de 1661 D. Diego de Uribe ya había asentado la obra con Francisco García, aunque las condiciones de la misma no se escriturarían hasta el 31 de julio de 1663. Además de obligarse a fabricar el citado antepecho y el pasamano de la escalera, se comprometió a hacer un umbral de tres varas de piedra jaspe en precio de cien reales, “un pilar labrado y puesto en ochenta reales, tres desaguaderos en setenta y seis reales y una pila de agua bendita de mármol en ciento y cincuenta reales”. Toda la piedra para el antepecho y el pasamano de la escalera se extrajo de la cantera de la Encarnación, si bien es probable que, al igual que se aprovecharon las peñas del cerro cercanas a la puerta mayor, se reutilizaran algunos elementos de la vieja iglesia como ripio para la mampostería. Finalmente, todas las obras en las iglesias concluyeron a principios de 1666.

   Entre tanto, carpinteros, herreros y cerrajeros se afanaban en aderezar y concluir con toda perfección la iglesia de Nuestra Señora. Así, consta que Bernardino Ferrer, maestro herrero, cobró 450 reales de vellón por “la hechura de vna rexa de hierro labrada a toda costa con los clauos para clauarla en la vastidor de la ventana de la sacristia de Nuestra Señora de Soledad desta uilla, que peso todo labrado seis arrouas y nueve libras y media”. El carpintero Ginés Flores, además de construir la ventana del coro y unas puertas de nogal para el Anverso y reverso de un real de vellónosario de la iglesia, fabricó los cajones de la sacristía para los ornamentos y todas las puertas y ventanas de la misma, cobrando por su trabajo la cantidad de 778 reales de vellón. Cerraduras y aldabones quedarían, por otro lado, a cargo del cerrajero Ginés García.  Otro carpintero, Cristóbal de Toledo, recibió de D. Diego de Uribe 481 reales de vellón por fabricar, entre otras cosas, una puerta de tableros con su cerradura y llave para el aposentillo de debajo del coro, dos mesas de pino para los altares colaterales, dos bastidores para los frontales, unos canes para los retablos, una caja para el pie de la cruz y diez bancos de respaldo para el acomodo de los fieles que acudieran a la iglesia.

   Tras la muerte de D. Diego de Uribe y Yarza Larrategui, acaecida el 27 de enero de 1668, sería su mujer, Dª. Catalina Muñoz de Otálora y Gadea, hija del difunto patrono y fundador de la iglesia, la encargada de comprar los ornamentos y objetos necesarios para el culto divino. En este sentido consta que gastó 146 reales en un misal romano y registros que se trajo de Madrid. Posteriormente compró un terno de damasco blanco y cinco varas y media de lienzo para el bastidor del frontal del altar mayor. En otro orden de cosas, la piadosa Dª Catalina mandó fabricar un púlpito en la dicha iglesia y dos escaleras de madera (costaron 36 reales) para el “desenclavamiento de Cristo, señor nuestro, el viernes santo” que venían a renovar aquellas que legara tiempo atrás por su testamento la no menos piadosa Dª. Eulalia de Gadea, tía de Dª. Catalina y mujer de D. Francisco Musso Muñoz de Otálora, hermano del primitivo patrono de la iglesia (conocida es, en este sentido, la vinculación de esta rama de la familia Muñoz de Otálora y sus descendientes con la procesión del Santo Entierro de Nuestro Señor Jesucristo, por lo que no abundaremos en ello.)

   Serán precisamente los familiares más cercanos a los patronos de la iglesia, con las lógicas excepciones, aquellos que desde el primer momento contribuirán con sus mandas piadosas a dotar de un ajuar, si se quiere, digno y suficiente a la ermita, cofradía e imagen de Nuestra Señora; como parientes serán los capellanes que, comenzando por el presbítero D. Pedro Muñoz de Otálora, vicario por el obispado de Cartagena, en un principio gozarán de las rentas deActual interior de la iglesia de "La Soledad", que alberga el Museo Arqueológico municipal. (Fotografía obtenida de la web Región de Murcia digital). la obra pía instituida por el que fuera alférez mayor de la villa y primigenio patrono de la iglesia. Así, cuando la ermita de la Soledad aún estaba en pleno proceso de construcción, Mateo Suárez, según el tenor de una de las clausulas de su testamento, otorgado el 15 de febrero de 1653, mandó un cuadro de Nuestra Señora de la Soledad y un Eccehomo a la cofradía del mismo nombre para que “lo pongan en la sacristía quando este acabada”. En 1662 sería Dª. Isabel Musso Muñoz, hija de D. Pedro Musso Muñoz y Dª. Lucia de Reina, la que, además de instituir una capellanía en la iglesia de la Soledad para su sobrino D. Juan de Uribe y Yarza, condicionada a la muerte sin descendencia de su hermana Catalina Musso,  mandara “para el santo sepulcro que esta en la iglesia de la hermita de nuestra señora de la Soledad desta uilla una toalla de olanda labrada con seda encarnada y azul y el fleco con seda y ylo de plata para que sirva en dicho santo sepulcro…”. Dª. María Francisca de Uribe y Yarza, hija de D. Diego de Uribe y de Dª Catalina Muñoz de Otálora, devota y honesta señora que dedicó buena parte de su vida al cuidado de su anciana madre, legaría tiempo después  una cadena de plata de filigrana “al niño de la Soledad”. Años antes, concretamente el 28 de enero de 1680, su hermana Dª. Catalina de Uribe y Yarza, esposa de D. Pedro Muñoz Sáenz de Navarrete y Otálora, caballero de Alcántara, alférez mayor de la villa y patrón de la iglesia, dispuso por su testamento “que un bestido de felpa negra, jubon y basquiña que tengo se le de a nuestra señora de la Soledad questa en esta villa en la ermita que fundo don Pedro Muñoz de Otalora, mi abuelo.” En 1686 el platero Rodrigo Sánchez mandó de limosna a las cofradías de la Santísima Cruz y de la Soledad, por iguales partes, los “candeletes” que se hallaren en sus casas a la hora de su muerte. El 22 de agosto de 1690 el vicario Pedro Muñoz de Otálora ofreció un ornamento (ropas sagradas) nuevo que tenía sin bendecir a condición de ser enterrado con el más viejo que hubiere en la ermita. Dos años después, Dª. Francisca Luisa de Gadea y Mora, suegra de D. Diego de Uribe y Yarza Muñoz, y obediente mujer del regidor D. Rodrigo Carreño Melgarejo, mandó un frontal de chamelote de seda para el altar de San Blas, imagen de cierta devoción en la villa. En 1702 Dª. Catalina Francisca Martínez de Robles, hija de D. Francisco Diego Martínez de Robles, alcaide del castillo, y de Dª. Leonor Serrano y Moya, legó un vestido de tafetán doble negro “para que se ponga y sirva a la imagen de nuestra señora de la Soledad que está en su hermita en esta villa”.  Dª. Gregoria de Reina Fuensalida, doncella, mandaría poco después otro vestido a la Virgen. Poco días antes de morir, Dª. María Teresa Musso Muñoz de Otálora y Uribe, viuda de D. Fernando de Uribe y Yarza, señor de la villa de San Mamés, siguiendo la tradición familiar legó “a nuestra señora de la Soledad, la antigua, (…) una basquiña de tafetán doble negro”. Finalmente, Dª. Catalina de Uribe y Yarza, hija de D. Diego de Uribe y de Dª. Mencía Carreño Gadea y Mora, esposa en primeras nupcias de D. Diego Muñoz Sáenz de Navarrete (también llamado en su juventud Diego de Uribe, como su abuelo materno) y en segundas de su primo D. Francisco Musso Muñoz de Otálora, el mozo, donó un censo de su propiedad a la cofradía de Nuestra Señora de la Soledad”. Queda, por tanto, clara la vinculación de la familia Uribe con la iglesia de Nuestra Señora de la Soledad; relación que encuentra su explicación en los lazos consanguíneos que unían a los Uribe y a los Muñoz como miembros de un mismo linaje, con toda seguridad el más representativo de la villa de Caravaca.

   No es momento de hacer un repaso nominal a los diferentes patronos que a lo largo de los siglos ha tenido la iglesia, baste con señalar que a partir de las alianzas matrimoniales de la familia Muñoz Sáenz de Navarrete y Otálora el patronazgo de la misma pasaría primeramente a manos de los Cañaveral, marqueses de Araceli, y posteriormente a los Condes de Clavijo y Marqueses del Salar y Pozo Blanco, permaneciendo en posesión de esta familia hasta que finalmente pasó a propiedad pública en el pasado siglo XX.

   La desafecta iglesia de Nuestra Señora de la Soledad, actual museo arqueológico municipal, constituye un precioso testimonio material de la vocación de eternidad y perpetuidad que poseían las familias poderosas del Antiguo Régimen. En un mundo de apariencias, donde lo que no se ve no existe, donde parecer importa más que ser, no es extraño que estas familias sacrificaran buena parte de su hacienda para hacer visible y representar de puertas a fuera su poderío, magnificencia y compromiso social con los valores comúnmente aceptados y aprobados por la civilización. 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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