LA VERDAD, SIN MANIPULACIONES, DE LA PETICIÓN DEL JUBILAR EL 15 DE DICIEMBRE DE 1997
Por Orencio Caparrós Bravo
Ahora, cuando han pasado más de doce años desde la concesión del Año Jubilar "in perpetuum", deseo hacer pública mi alegría sobre el devenir de tan magno acontecimiento. Casi sin darnos cuenta la proyección que tiene la Vera Cruz y con Ella nuestro pueblo se ha ido incrementando hasta límites que por aquel entonces apenas podíamos suponer, encontrar referencias a Caravaca de la Cruz y a nuestra Patrona en diarios de tirada nacional, o en informativos u otros programas de igual índole tanto de radio como de televisión, podía, entonces ser un deseo, pero poco más que eso. Lógicamente esa promoción ha tenido una repercusión importante en el número de visitantes y es frecuente encontrar por las viejas calles de la Caravaca de siempre, grupos de peregrinos o simplemente visitantes ávidos por descubrir nuestro patrimonio y nuestros rasgos culturales identitarios. Como decía, después de más de doce años nuestra ciudad ya no es la que era, ni nosotros somos los de entonces.
Me parece que un lapso de tiempo así es suficiente para la reflexión con perspectiva, aunque sé que en puridad no estamos más que en la primerísima etapa de un largo recorrido que conducirá a generaciones jóvenes actuales y a otras venideras a conocer una Caravaca aún más beneficiada con los dones del Jubilar.
Puestos a reflexionar podríamos plantearnos el por qué ha sido Caravaca y no otro lugar el beneficiario de tanta gracia, por qué desde las instancias más altas de la Iglesia Católica se apoyó nuestra, de todos, intención de poner a la Cruz de Caravaca donde merecía estar, por qué los poderes públicos, todos, han apostado por nuestro pueblo y nuestra patrona. Sé que estas preguntas y muchas otras del mismo cariz pueden resultar retóricas, y seguramente lo son. La Cruz de Caravaca está donde le corresponde por su universalidad y por su excepcionalidad, y por que, además, los caravaqueños tienen el convencimiento profundo de que es así. Sin embargo creo que merece la pena intentar aclarar algunas cuestiones sustanciales, suscitadas, en última instancia, a raíz de un artículo aparecido en el apéndice de la revista de las fiestas de este año dedicado al Jubilar del 2010. En un artículo, publicado en dicho apéndice y titulado "Años Jubilares y "Años Santos in Perpetuum" ", y firmado por Paco Pim (sic.), se realizan afirmaciones, que al igual que las imágenes que acompañan al artículo, se prestan a interpretaciones cuando poco equívocas, obviando documentos esenciales para la comprensión de los hechos, y por lo tanto dando una versión distorsionada de la realidad histórica, por cierto como viene ocurriendo desde hace años de forma recurrente.
Hace doce años tuve la enorme dicha de estar de Teniente del Hermano Mayor de la Cofradía de la Santísima y Vera Cruz, de la que era Hermano Mayor Antonio Caparrós, y tuve, entonces, la suerte de trabajar con un equipo de hombres y mujeres que sirvieron con abnegación y entrega, consiguiendo lo que de ellos se esperaba y que no es preciso repetir, porque cumplían con su compromiso, y punto. Sin embargo sí creo que es de justicia, por todos ellos, por la defensa de la memoria colectiva y, sobre todo, por la verdad histórica más elemental, contar cómo ocurrieron las cuestiones relacionadas con la concesión del Jubilar "in perpetuum":
En la noche del dos de octubre de 1997 la Junta de Cofradía, que entonces presidía, como queda anteriormente dicho Antonio Caparrós, tuvo una reunión con Monseñor Don Javier Azagra y el entonces Vicario de Zona Don Antonio Martínez, en aquella reunión se ratificó la petición de institucionalización del Jubilar, al tiempo, y en estrecha relación con lo anterior, que se puso en su conocimiento la futura creación de la Fundación Pía de la Vera Cruz, de la que fue su primer presidente el siempre añorado Pedro García-Esteller y que tan extraordinaria labor realizó al frente de la misma. Monseñor Azagra mostró su satisfacción por la creación de dicha fundación, que a su parecer, y al de aquella Junta de Cofradía, daba el auténtico sentido cristiano que la Cofradía de la Vera Cruz debía tener. Así mismo nos dio palabra de que haría los trámites pertinentes para llevar a cabo nuestra petición de institucionalización del Jubilar.
El día 15 de Diciembre de 1997, poco más de dos meses después, una vez "efectuadas las oportunas consultas a la Conferencia Episcopal Española y a la Penitenciaria Apostólica",según reza en el escrito de petición, Monseñor Azagra se dirige al Santo Padre solicitando lo que con fecha de dos de octubre, tal como se dice más arriba, nos había prometido, siempre que las gestiones previas fueran positivas, como en efecto lo fueron.
Con fecha de nueve de Enero de 1998 la Penitenciaría Apostólica, por mandato del Sumo Pontífice Juan Pablo II concede el Jubilar perpetuo al Real Santuario de la Vera Cruz. Dos días más tarde, once de febrero de 1998, el propio Monseñor Azagra, sabedor de la trascendencia de la concesión, comunicó en la sala de cabildos y ante una veintena de personas, poco más o menos, la buena nueva. El día veintidós de Enero se hizo público el comunicado en la misa de la mañana.
Las fechas señaladas están publicadas al menos en la revista de las fiestas de 1998 y me imagino que en algún otro lugar, así como en las actas de Cofradía de entonces, no así en algunas publicaciones posteriores que aún publicando el escrito de solicitud al Vaticano por parte de Moseñor Azagra, sin embargo omiten la fecha en que fue enviado, quiero imaginar que por mero despiste, lo que me obliga a la benevolencia de no citarlos. Del resto de afirmaciones que aquí se hacen somos testigos los miembros de la Junta de Cofradía de entonces reflejadas en sus actas.
Doce años dan una cierta perspectiva y sirven, creo yo, para valorar las cosas en sus justos términos, lo que ocurrió entonces fue un momento histórico que marcó un antes y un después y, aunque los individuos tienen su papel en los acontecimientos, en este caso las personas no somos más que eslabones al servicio de una idea y una creencia profunda. Por lo tanto no pretendo con lo hasta aquí dicho entrar en liza por protagonismos de ningún tipo, sino por hacer justicia a la verdad y a los que vivieron con suma alegría aquellos acontecimientos mientras servían a la Vera Cruz, y en ningún caso pretendieron honores.
Además, y sobre todo, porque los testimonios que dejemos serán materia mañana de la historia de nuestro pueblo, y no debemos confundir. La historia, aunque sea la de un pequeño pueblo, en tamaño, no puede cambiarse, está escrita y no puede inventarse, otra cosa es que se quiera leer y lo que es más importante que se esté dispuesto a entenderla. Sobre la historia real de la concesión creo que no se ha realizado el estudio profundo que merece el texto de petición, ya citado, del quince de Diciembre de 1997. A modo de síntesis breve sirvan estas líneas que siguen.
En la introducción-justificación someramente se destaca la aparición misteriosa de la Vera Cruz con mención al contexto histórico en que se produce. Seguidamente se valora el reconocimiento temprano por parte de la Iglesia mediante concesiones de indulgencias y privilegios, desde la Edad Media. Después pasa Monseñor Azagra a destacar la labor misionera de las numerosas órdenes religiosas que tras la Reconquista habían fundado conventos en Caravaca y cuyos miembros viajarían por lejanos lugares del mundo extendiendo la fe a la Vera Cruz por América, algunos lugares de Asia y Europa. Por último, dentro de esta acertadísima justificación nombra los dos años jubilares últimos, con respecto a la fecha del documento, es decir 1981 y 1996 valorándolos como positivos.
En la segunda parte del documento manifiesta que la Junta Representativa de la Real e Ilustre Cofradía, (a la sazón presidida por Antonio Caparrós desde junio del año anterior) viene insistiendo en la necesidad de institucionalizar el Jubilar, para pasar seguidamente a establecer las condiciones en que se debería realizar la concesión.
Qué consecuencias podemos sacar del escrito de petición realizado por el Obispo Azagra, evidentemente que la importancia justificativa estaba en el peso de la tradición histórica, en la fuerza de signo cristiano de primer orden y en la extensión a otros lugares del mundo gracias al celo misionero. Esto es todo, de ahí en adelante son opiniones.
Como mía es la opinión de que la ilusión que la Fundación Pía de la Vera Cruz produjo a Moseñor Azagra, era por que, de alguna forma, podía continuar la labor misionera de la Cruz de Caravaca, llevando la fe y la ayuda a los más necesitados de todos los lugares, sirvan estos objetivos para rendir, una vez más, mí sincero y cariñoso recuerdo a mi amigo y compañero Pedro García-Esteller que también supo entenderlo del mismo modo, demostrándolo con actuaciones benéficas el el Alto de Bolivia y otros lugares.
Aprovecho la ocasión para mostrar aquí nuestra inmensa gratitud, cómo cofrades y como caravaqueños, a Monseñor Azagra, y reconocer el agradecimiento que debemos a cuántos, durante siglos, se esforzaron por Caravaca y su Santa Cruz. Aquí, y no en nadie en especial ni en nada, están las respuestas a los porqué que me plantaba al principio de este escrito Las instituciones sirven para maximizar los rendimientos de los esfuerzos de todos pero no para satisfacer los egos personales, menos aún si esto se hace en contra de la evidencia de los hechos. Tuvimos, los componentes de aquella Junta de Cofradía, el honor de estar en el momento y en el sitio adecuados, hicimos todo aquello que se esperaba de nosotros, hemos respetado los méritos de cuantos han pasado por la institución. Creo que tengo, seguramente en nombre de todos, el derecho a pedir que no se sea cicatero con nosotros, y a exigir que no se intente tergiversar la realidad de los hechos, ni en publicaciones escritas, ni en otro tipo de manifestación, y si se hace, al menos que se diferencien las conjeturas, vanaglorias y suposiciones de la verdad histórica. Creo que después de doce años no es mucho pedir. En todo caso quede claro que no pido para Antonio Caparrós ningún tipo de reconocimiento, que por cierto él nunca pidió, sino simple y llanamente que no se falte a la verdad y que nos atengamos a las fechas y a los datos verificados no a las opiniones más o menos interesadas.
En suma y a modo de conclusión, queda manifiestamente claro que la petición del año jublilar a perpetuidad se realizó el 15 de Diciembre de 1997, mes y medio después de la reunión de la Junta de Cofradía con Monseñor Azagra donde se le rogó que realizara los trámites adecuados, y quedan también evidenciadas las razones de tipo histórico, religioso y benéfico que movieron al Sr. Obispo a realizar dicha petición, y en definitiva queda patente que, como demuestran los documentos, la Junta de Cofradía desde Junio de l997 hasta junio de 2000 estuvo presidida por Antonio Caparrós. Sin que obste, que se sepa, nada en contra de estas afirmaciones basadas, en su esencia, en documentos escritos.
Pido, en definitiva, a los responsables de una publicación de tanta trascendencia local, como es la revista de fiestas y sus apéndices, que cuiden la selección de fotografías así como el pie de las mismas, ya que de los contenidos de los artículos, como es natural, se resposabilizan los firmantes. En todo caso espero que una vez aclarados los hechos no se vuelva a incurrir en errores sobre esta materia especialmente sensible para todos.
Pequeñas curiosidades históricas en torno a los peregrinos y a las peregrinaciones en Caravaca.
Por J.A. Martínez-Cortés Martínez
Desde la Edad Media fueron muchos los peregrinos que acudieron a estos remotos y apartados territorios de la Orden de Santiago, bien para ganar las indulgencias parciales o plenarias concedidas por los diferentes Vicarios de Cristo y otras dignidades eclesiásticas a todos aquellos piadosos devotos que, en determinadas fechas, ―generalmente, aunque no son las únicas, los días 3 de mayo y 14 de septiembre, fiestas de la Invención y de la Exaltación de la Cruz― visitaren la capilla de la Santa Vera Cruz, bien para saldar una especie de deuda espiritual o moral contraída mediante la realización de una promesa o voto en algún momento crítico o dificultoso de su existencia.
Independientemente de los motivos que cada cual tuviere, el hecho es que el la Santa Vera Cruz se nos muestra, prácticamente desde el mismo momento de su presencia en Caravaca, respaldada, más o menos, documentalmente ya en el año 1285, como un importante foco de irradiación de peregrinaciones en la mitad sur peninsular. No cabe duda que estas concesiones de gracias e indulgencias a las que hacíamos alusión, unido a la fama de milagrosa y liberadora de cautivos adquirida por la Cruz desde los primeros tiempos, estimularon, de manera notable desde la segunda mitad del siglo XIV, tanto las donaciones y mandas testamentarias (sirvan como ejemplos el maravedí que mandó en 1406 a la Cruz doña Sevilla, o ya más tardíamente la manda de 2 maravedís que por su testamento, otorgado en Murcia el 21 de enero de 1493, dejó a la Cruz el bachiller Pedro de Abellán) como la afluencia más o menos masiva de peregrinos y penitentes de diversa clase y condición a su capilla. La bula de indulgencias más antigua que ha llegado hasta nosotros, dada a conocer hace muy poquito tiempo por Diego Marín Ruiz de Assín, fue otorgada en 1379 desde Aviñón por el papa cismático Clemente VII y tenía como principal objetivo, además de fomentar el culto a la Vera Cruz, reforzar, a través de las limosnas que dejaren los peregrinos, la precaria defensa de la frontera con el Islam en un momento en que la famosa peste negra de 1348 había dejado el lugar prácticamente despoblado y yermo. A las indulgencia concedidas en 1379, le siguieron, entre otras, como más ampliamente ha estudiado Indalecio Pozo, la conocida bula de 1392, en que queda meridianamente clara la afluencia a Caravaca en este tiempo de peregrinos y fieles de lejanas partes de la cristiandad; las indulgencias de 1578 concedidas por Gregorio XIII; un breve de indulgencias de 1593, confirmadas al año siguiente por Clemente VIII; las indulgencias concedidas en 1621 por Gregorio XV; las indulgencias plenarias concedidas en 1690 por Alejandro VIII a todos aquellos que visitaren la capilla de la Vera Cruz tras confesar y comulgar, y, ya en época más reciente, los años jubilares de 1981 y 1996, que, sin duda, sirvieron como norte y guía para la celebración del primer año jubilar a perpetuidad en 2003, etc. Además de para ganar las indulgencias concedidas por los sumos pontífices, fueron también muchos los devotos que, como dijimos al principio de nuestra relación, acudieron a Caravaca para cumplir con una promesa o para agradecer y corresponder a un milagro o portento obrado en sus carnes, milagro, como decíamos, que no dudaban en atribuir a la divina intercesión de la Santísima Cruz. Según Robles Corbalán, este fue el caso, entre otros muchos, de Pedro de Alarcón, comendador, según el mismo autor, de la villa de Membrilla del Tocón, el cual, hallándose preso en Vélez Blanco en 1473, se encomendó a Dios, a la Virgen y a la Santa Cruz, prometiendo “…venir desde Xiquena nueue leguas de tierra despoblada, e todo a peligro de Moros, a pies descalços de pie y pierna, e tener nouena en la Santa Vera Cruz, e de dar cierta limosna…” si conseguía salir de su penoso cautiverio, como, al parecer, así se verificó al cabo de tan solo ocho días. Rubio Simón ha identificado a este cautivo con Pedro Ruiz de Alarcón, caballero de la Orden de Santiago, el cual, por su testamento mandó 10.000 maravedís para hacer una lámpara de plata para la Vera Cruz por entender que la referida Reliquia lo sacó a “…tierra de xristianos estando cautivo en tierra de moros.”
Las noticias sobre afluencia de peregrinos a Caravaca en la Edad Moderna, como ha evidenciado recientemente Sánchez Romero en un artículo publicado en la revista Murgetana, son más o menos abundantes. En este sentido, en 1540 Antonio Oncala dejaba constancia del numeroso concurso de gentes que acudían a las fiestas de la Cruz; lo propio haría Chacón en 1591 y posteriormente, siguiendo a este último, Giovanni Menochio: “…che ogn´anno el terzo giorno di Maggio si faccia una solenne pricessione, alla quale da varii luoghi anco lontani di Spagna concorrono in gran numero li pellegrini…” En este mismo sentido, ya en 1777, el padre Pascual Salmerón escribía: “Está en este reyno el famoso santuario de la Cruz de Caravaca, visitado frequentemente de peregrinos nacionales, y extranjeros, como la Virgen del Pilar de Zaragoza, y el Sepulcro de Santiago”. La masiva afluencia de peregrinos al santuario tampoco pasó desapercibida, como ya expuse en un pequeño y mal trazado artículo publicado en este mismo periódico (1), a los viajeros extranjeros que se acercaron a estos remotos territorios del noroeste murciano. Willoughby, Rochefort y Davillier dan buena cuenta en sus escritos de esta secular tradición que a día de hoy sigue en plena vigencia.
A Caravaca vinieron peregrinos, asistidos por los hospitales de San Juan de Letrán y del Buen Suceso, de toda clase y condición. Sin embargo, frente a los peregrinos anónimos de los que poco o nada sabemos, nos encontramos con una notable nómina de personajes ilustres y relevantes que a lo largo de los siglos vinieron a adorar a nuestra patrona: reyes, santos, ilustres dignidades civiles y eclesiásticas, portentosos señores e incluso ilustres juristas, como Manuel de Lardizábal y Uribe, miembro de la Ilustre Cofradía de la Vera Cruz, el cual, durante su destierro de la corte de Carlos IV, vivió en Caravaca en la casa de su pariente, el Marqués de San Mamés, se postraron a los pies de nuestra insigne Reliquia. No debieron ser pocos, asimismo, los soldados de las guarniciones cercanas al Santuario que, buscando aliviar las tensiones cotidianas y los horrores de la guerra, peregrinaron a Caravaca para asistir a las ya entonces famosas fiestas de la Santísima Cruz. Cutillas de Mora detalla la curiosa visita en las fiestas de la Cruz de 1726 de Francisco Reiner, natural de Lorca, mariscal en el regimiento de Batavia, acompañado de su asistente, a la sazón un muchacho de 22 años llamado Juan Marín de Soto, que, al parecer, quedó tan prendado de las fiestas que no se presentó ante su compañero hasta el 5 de mayo, cuando fue encontrado en la bodega de su propia casa. Don Francisco estaba tan alarmado por la ausencia de su asistente que incluso llegó a presentarse ante la justicia de la villa. Ayer como hoy, las peregrinaciones dejaban más o menos unos sustanciosos beneficios económicos a la villa. En este sentido, la más o menos continua afluencia de peregrinos a la capilla de la Santa Cruz propició, tal y como nos relata sir Francis Willoughby, naturalista y miembro de la Royal Society, el cual viajó a Caravaca en octubre de 1664, la aparición en nuestra localidad de un floreciente negocio de fabricación de cruces de plata, latón y madera que, los peregrinos, tras comprarlas y proporcionarle el piadoso donativo al capellán, retocaban en la Vera Cruz en el intento de transmitirles o transferirles las milagrosas facultades atribuidas, desde antiguo, por lugareños y foráneos a la Sagrada Reliquia. De esta curiosa y antigua costumbre, conservada a día de hoy, también da buena cuenta, entre otros, Jouvin de Rochefort, el cual dejó escrito que “…van allí ―a Caravaca― muchos por devoción, llevando pequeñas cruces, que hacen tocar con esa Cruz milagrosa y que poseen la virtud, llevándolas sobre sí, de preservar de los rayos y de todos los accidentes del fuego”. El negocio de fabricación de cruces de Caravaca, ya importante en 1615, alcanzó tal dimensión que ya el año 1639, según Gregorio Sánchez Romero, existía en la villa una Hermandad y Congregación de Vaciadores de plata y Alquimia, hermandad que en 1766 intentaría, al parecer sin éxito, constituirse en gremio para monopolizar la fabricación de estas cruces que ora eran compradas, como queda dicho, por los numerosos peregrinos y fieles que acudía al santuario, ora eran entregadas por el concejo o por los propios particulares como “pago” o presente por favores recibidos o por recibir. En cualquier caso, no es difícil encontrar en los protocolos notariales, especialmente en particiones de bienes y testamentos, los instrumentos que se usaban para confeccionar estas cruces. Sirva como ejemplo la manda testamentaria que en 1657 hizo doña Catalina de Rojas, esposa en segundas nupcias de Juan Gutiérrez de Celis, regidor de la villa, a Juan Chacón y a Juan Arias: “Yten mando que un cajón que está en mi casa con doçe cajas de baçiar cruçes se den a Juan Chacón, y otras dos cajas grandes y unos moldes particulares, que conoce el dicho Juan Gutiérrez de Celis, se den a Juan Arias por su mano…”
La cuestión es que la fama de estas pequeñas cruces de oro, plata, latón y madera, a la que, sin duda, contribuyeron significativamente los limosneros, debía ser bastante notable, pues, en 1660, el papa Alejandro VI concedió al Real Monasterio de las Descalzas, fundado por doña Juana de Austria en el siglo XVI, el privilegio de ser miembro de la Iglesia de San Juan Letrán de Roma, con todas las gracias y privilegios inherentes, a condición de pagar un censo anual de 20 cruces de Caravaca, gracia que sería renovada cada 15 años en los mismos términos, al menos, en otras tres ocasiones posteriores.
En fin, Caravaca cuenta con una larga tradición en materia de peregrinajes, solo queda esperar y desear que en este nuevo año que recién comenzamos sepamos respetar y potenciar, en la medida de lo posible, empezando por el propio Ayuntamiento y la Cofradía, el legado de la nuestra Cruz y de nuestros antepasados.
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(1).- El presente artículo ha sido publicado en número 367 del semanario El Noroeste (16 a 23 de enero de 2010).
Caravaca de la Cruz es un pueblo singular en el noroeste de la provincia de Murcia. Invito a los amables lectores de este humilde blog a que lo visiten y conozcan (al pueblo, no al blog), pues, estoy bien seguro de ello, no les defraudará. Es también, obviamente, el pueblo que amamos los caravaqueños, nativos o de adopción. Su paisaje, su aire y su aura, su luz, sus montañas, las entrañables callejas, los monumentos que dan fe de su historia… Gente recia y a la vez acogedora. Villa o ciudad santa desde hace unos pocos años también (si es que esto así puede decirse, pues ya conocen ustedes que el tiempo es bastante relativo y además, lo santo es santo desde tiempo inmemorial).
Yo tuve la inmensa fortuna de nacer en ella un día de mucho frío y nieve, sin luz eléctrica y además prematuro, en la festividad de S. Alberto el Magno, patrono de los químicos y los alquímicos. Y la fortuna de vivir allí, ininterrumpidamente, los primeros 16 años de mi existencia. Todavía me emociona, claro que sí, recorrer sus calles y entrever los rostros disimulados en la memoria o diáfanos en la conciencia, con la grata sorpresa de toparme con un viejo amigo, o persona conocida, largo tiempo no frecuentados. Más tarde, también he vivido largas temporadas e incluso tuve el privilegio de ser profesor en su Instituto de bachillerato durante el curso académico 1986-1987: privilegio de unos alumnos extraordinarios y extraordinariamente generosos. Desde aquí les envió mi recuerdo y mi reconocimiento, ambos indelebles.
Y Caravaca de la Cruz celebra este año 2010 su año santo, su año jubilar (concedido cada siete años). Ocasión de peregrinaje, de andadura, de acogida e intercambio, de gozo y jubileo, pues que la vida es un viaje y, como dice mi querido filósofo zapatero Jacob Böhme, en la superación está la alegría (In Ueberwindung istFreude, cf. Mysterium Magnum, XVI, 9).
La Santa Cruz de Caravaca, la Cruz de Cristo, ancla su origen en una hermosa leyenda, que hemos escuchado desde niños y hemos repetido después prácticamente todos los habitantes del pueblo; leyenda que cifraría su aparición en 1230 o 1231, siendo entonces rey moro en la zona el luego converso Ceyt-Abu-Ceyt. Cruz de Caravaca, milagrosa y afamada por doquier según contaban nuestros abuelos, que, tristemente, fue robada un martes de carnaval, aprovechando el bullicio de esa noche enmascarada: el nefasto día del 13 de Febrero de 1934. También es posible que el robo se produjera en la madrugada del miércoles de ceniza, el día 14. Los simbolismos y la numerología no escapan al observador despierto. Y hasta hoy nada hemos en verdad sabido acerca de su paradero.
Actualmente se venera la reliquia que contiene unos fragmentos del lignum crucis, procedentes de Roma y de Jerusalén.
Hay quien afirma no creer en Dios y sin embargo creer en los mitos y en los símbolos. Los mitos también tienen su lógica, su razón de ser. Por otra parte, afirmaba María Zambrano que Dios es el más racional de los conceptos. Tampoco le faltaba razón, a ella que, desde luego, bien sabía del Deus absconditus, de lo escondido de Dios. René Guénon escribió un bello libro sobre el simbolismo de la cruz (simbolismo universal, católico, en griego) donde revela conocimientos procedentes también del esoterismo islámico. El sentido de la cruz lo conocen los sufíes. Para las almas grandes no se oponen la luna, la cruz, el loto…, pues uno sabe ver el sentido hondo de las creencias y también de las ideas.
Testimonio de lo permanente, antes que noticia de sucesos pasados, valga decir sobre el significado del mito lo que afirma Salustio -el mismo que decía que el mundo es un objeto simbólico- a propósito de los mitos de Atis: “esto no ocurrió nunca, pero es siempre” (Sobre los dioses, 4).
Ocurre en el alma y ya es bastante. Sucede en la persona (triunidad, si se me permite decirlo, de cuerpo, psique y espíritu), que experimenta y vive la transformación.
Esa que le deseo a todo aquél que emprenda el camino. Aquél en quien lo interior y lo exterior confluyen; donde cuerpo y alma no se enfrentan; donde la ley y la norma ceden ante la pasmosa y sorprendente novedad y libertad del espíritu. Por eso, el entusiasmo, la gracia y el sano delirio, la sobria ebriedad. Muchos no la conocen. No hace falta hablar de ella, de esa liberación, a quienes la gustan. Haber saboreado (sabiduría) alguna vez su aroma es algo inolvidable, que imprime su carácter (ethos), su signatura, su señal. Señal de bendición con la que hoy me despido.
Amigos de Caravaca y amigos que aún no la conocen: ¡emprendan ese viaje y disfruten –Itaca rediviva en el poema- de sus muchas peripecias, sorpresas y aventuras! Volveremos más sabios.